martes, 22 de marzo de 2011

Siempre lo he sabido...

Siempre lo he sabido, que nunca podría relacionarme con mis compañeros de trabajo. Algo había en mí que era diferente a todos los demás, sospechaba, pero no tenía idea de que era lo que me ocurría realmente. Al igual que todos tenía un horario fijo, de 8:00 de la mañana a 2:00 de la tarde, siempre los mismos jefes, los mismos tratos y el mismo tiempo para tomar un refrigerio. Ya llevaba dos años trabajando de esa forma y aún seguía sin comprender.
  Una vez, me encontraba sentado y observando, en una esquina alejado de todos, como habitualmente lo hacía a la hora de descanso, escuchaba que mis compañeros charlaban acerca de temas triviales: que si un programa de televisión nocturno, que si un partido de futbol, que si el internet y sus redes sociales, todo eso no me entraba en la cabeza, cómo podían existir semejantes aversiones de individuos. Yo no era el extraño que resaltaba como esfera entre cubos, sino ellos eran los extraños, y que por alguna razón no gustaban de tomar un buen libro y dedicarse a leer un rato, para después debatir acerca de la trama, los personajes y el tema central de la historia. Simplemente eran seres extraños y sabía que nunca podría relacionarme con ellos.
  Al salir de mis labores, un día fui a visitar a los que creía mis verdaderos colegas, hombres viejos que no paraban de contar historias, valuar piezas datando fechas pasadas y restaurar muebles viejos en una tienda del centro que llevaba por nombre “antigüedades”, que quizá era una palabra para denominar a aquellos hombres con los que me sentía tan a gusto. Al entrar a la enorme tienda, con su olor tan peculiar a humedad rancia que me agradaba, los hombres canosos de siempre me recibieron de una forma muy cálida,  lo hacían cada vez que me veían y yo me sentía uno de ellos en ese mismo instante, como si formara parte de un gremio o algo por el estilo. Me abrigaron con una manta polvorienta y me sentaron en un gran sillón que decían, le había pertenecido a unos burgueses italianos del siglo XIX, me dieron a beber café con leche en una taza de porcelana catalana y siguieron conversando en donde parecía, habían dejado su charla antes de mi llegada. Pasó el tiempo y el cielo comenzaba a perder su claridad, uno de los viejos hombres de nombre Simón se levantó de su asiento interrumpiendo la conversación y dijo que era su turno de llevar al pequeño amigo a casa. Yo sabía que era el “pequeño amigo” del que hablaba, así que no puse resistencia, me despedí de todos muy cortésmente y al salir por la puerta vi que ahí estaba el cadillac 1948 en color negro, estacionado y esperando a ser abordado como en anteriores ocasiones.
   De camino, Simón me platicaba acerca del gusto que les daba a él y a todos los de la tienda mi presencia, yo comentaba que para mí era el gusto ya que era el único lugar, aparte de mi casa, donde me sentía bien, donde podía encajar y el solo reía.   
  Al llegar a mi casa, mi amigo abrió la puerta para que yo saliera, mamá estaba en la puerta de la casa esperándome, ella no se preocupaba ya que sabía que yo me encontraba a salvo. Simón se acerco hasta la entrada y menciono algo así como “bueno, aquí lo tiene señora, sano y salvo”, para después despedirse deseando las buenas noches, mi madre respondió señalando igual que pasara una agradable noche y agradeciendo que hoy me había traído temprano, que porque mañana tendría escuela y no podía faltar, que el segundo año de primaria era de los más importantes en la vida de todo niño.

lunes, 21 de marzo de 2011

El rey está sentado fuera...

El rey está sentado fuera, en su alto y gótico trono, en la más grande colina. El rey dice que gusta de los lugares altos, donde puede ver un dilecto y amplio paisaje y así se encuentra en este momento, gustoso. El rey piensa, indaga en los pensamientos de las nubes en el cielo azul amarillento, porque se está haciendo tarde, pronto caerá la noche y el rey seguirá pensando, indagando ahora en los pensamientos de una luna hermosa, de cielo obscuro y de lejanías allá en el universo.
  El rey sueña, con la belleza de su reina, de su musa y de su motivo por el cual cada mañana sube hasta la grande colina y se sienta en su alto y gótico trono, para pensar e indagar y para volver a soñar. El rey tuvo una pesadilla, pero ha despertado en otra, aún sigue todo sentado, el rey abre los ojos y no puede ver. El rey no quiere volver a soñar, tiene miedo de ver lo que vio y no poder volver a ver cuando despierte. El rey amanece con el sol y sus ojos se ven cansados, el rey está cansado.
  El rey tiene frio, pero no hay nadie que le lleve una manta hasta la cima de la colina, donde se encuentra sentado en el alto y gótico trono. El rey ya no gusta de estar ahí, sin observar el dilecto y amplio paisaje, ya no piensa ni indaga en el cielo, y tampoco en la luna hermosa. El rey no es rey ni tiene reino. El rey que no es rey ya no tiene sueños, los ha perdido y ahora tiene miedo, mucho miedo de bajar la colina y no poder volver a subirla.

sábado, 19 de marzo de 2011

Probablemente...

Hoy trabajé con personas que en mi vida volveré a ver, quizá en un futuro lejano, pero es más probable que no vuelva a saber de ellos. Agradable equipo de trabajo, muy activo, muy sociable y yo, aún con mi carácter despectivo y silencioso, encajaba haciendo uno que otro comentario a sus pláticas convencionales.  
  Ayer caminaba por la calle, yo llevaba bastón y veinte años más en la espalda, montados, aferrados tan fuerte, que quizá no se daban cuenta que subían a un cuerpo cansado, débil, sin muchas ganas de caminar. Cruzaba la calle, no me percate de que el semáforo estaba en verde, que un hombrecillo rojo me esperaba del otro lado cuando sin avisar alguien me cogió del brazo, a dónde va viejo, dijo una voz femenina, o al menos eso parecía. Una viejecilla a mi lado, con el rostro dulce y una voz que no reconocía, pero que me sonaba familiar. Ande viejo, que el alto se ha puesto y el muñequito verde indica que avancemos dijo la intrigante voz. Algo extraño pasaba ahí, intentaba hacer memoria y posiblemente lo único raro que pasaba era que el hombrecillo rojo de antes había desaparecido. Íbamos a paso lento, la viejecilla aún seguía prendía de mi brazo, estábamos a punto de terminar de cruzar la calle cuando mencionó mi nombre en una pregunta, que si era yo aquel sujeto del trabajo de hace unos veinte años, decía, quizá lo era y probablemente no. No volvería a ver a aquella viejecilla asida de mi brazo, así que respondí que tal vez lo era, pero que tal vez no recordaríamos bien a nuestra edad.

jueves, 17 de marzo de 2011

De nuevo en el rostro...

Hoy por primera vez en varios días sonreí, no quiero decir que hice una mueca con los labios de oreja a oreja, sino más bien un ligero acomodamiento de los labios apenas perceptible a la vista y unos ojos que se notaban cristalinos, como albergando algo dentro. ¿Cómo sabia lo de los ojos? Me mire al espejo al llegar a mi casa, aún mantenía el gesto cuando hube llegado, nadie de la familia se percataba de lo contento que me veía y sin embargo lo estaba. Pensé que no duraría mucho, un afán así no era común en mí, una fotografía, me vino a la mente, sí, tomarme una fotografía prolongaría aquella expresión dibujada en mi rostro.
  Cayó la tarde noche y yo aún me veía en el espejo con los labios en diferentes posiciones a las habituales y ese resplandor en la mirada, coloqué la imagen que me había tomado con la cámara hace unos minutos a lado del espejo y comencé a indagar, quizá habría alguna diferencia con un margen de tiempo ya transcurrido, por qué seguía de esta forma, tan enfermiza, acaso eran rasgos de felicidad y qué carajos la provocaban, me pregunté sabiendo que algo extraño iba en eso, estaba a punto de ocurrir una catástrofe probablemente.
  Ya recostado me puse a reflexionar sobre una almohada terapéutica, de esas que te ayudan a dormir con una buena postura, para no atrofiar la espalda ni los músculos. Llevaba media hora recostado, pensaba en mi día y en los días pasados, más específicamente en las acciones y sucesos por los que había acontecido, pensaba que en algún lugar del tiempo y espacio había ocurrido algo significativo. La interrogante retumbaba en mi cabeza, pensando que tal vez en ese descuido o llamémosle distracción, mi gesto había vuelto a ser el de antes. Levantándome con algo de miedo encendí la luz del cuarto, frente a mí un gran espejo y frente a él un rostro aún sonriente. ¿Por qué sonreía? No me agradaba la idea de mostrar ese lado de mí, feliz y apenas perceptible. Tenía que reparar algo que se descompuso en mí, dentro de mí o fuera que quizá lo provocara. Me senté en el escritorio por más de media hora haciendo un listado de sucesos relevantes; “muerte de mi padre, la nube gris de ceniza que obscureció un momento la ciudad para después caer y sepultar algunos autos y sus caminos, el recuerdo de ti, una clase de filosofía de la historia, mi locura tal vez, el estrés que luego me provoca cosquilleos y aflige mi manera de pensar, el trabajo de carpintería, la pintura, el dedicarme a escribir todas las noches, la muerte de una de mis amigas, recobrar el apetito sexual, la enfermedad que me golpeaba cuando quería, apareciendo a ratos y a diferentes intensidades sin previo aviso, el alcohol, las drogas consumidas…” y todo en una semana, quizá olvidaba poner muchas otras cosas, pero creo que eran suficientes para descubrir a la razón culpable de mi dicha.
  Con un lápiz acabado por tantas mordidas sólo quedaban sin tachar el recuerdo de ti y la muerte de una de mis amigas, cuál era de esas dos, me preguntaba una y otra vez, comenzaba a cansarme, me fastidiaba la idea de no saber. El lápiz termino por partirse a la mitad de una fuerte mordida, estaba molesto, caminaba desesperadamente por el cuarto intentando facilitar la elección definitiva, iba y venía con irritación y el pensamiento perturbado. En uno de esos varios recorridos vi en el espejo que mi rostro había vuelto a ser el de antes, con la mirada vacía, los labios serios y esa sensación de muerte que me caracterizaba. Muerte, ¡eso era!, ya sabía lo que ocasionaba la gesticulación de antes. Corrí a sentarme al escritorio, tomar la lista de sucesos con tan sólo ya dos posibilidades y a la vez que tachaba el punto donde mencionaba la muerte de mi amiga una sensación extraña se me dibujaba de nuevo en el rostro.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Tenía que ser verdad...

Tenía que ser verdad, ya lo había escuchado antes y ahora lo leía en una de mis revistas favoritas “Recetas de cocina”, un artículo bastante interesante y muy gracioso que incluía mi nombre. Sabía que me criticaban, pero esto era diferente, un apartado en aquella revista para la buena alimentación se había tomado la molestia en mencionarme, a mi me agradaba esto de la gastronomía y me consideraba un buen chef y como había enviado varias de mis recetas, no me extraño que tarde o temprano publicaran algo al respecto de mí.
  Días antes, trabajando en un texto, me di cuenta que debía de ponerme a pensar en la posibilidad de hacer una autocritica, creyendo que así mejoraría un poco mis escritos, ya tenía más o menos como iba a comenzar, pero aún me faltaba el final. Sin más, una noche escuchando las noticias me di cuenta que hablaban de mi reciente publicación, decían dos sujetos que era lo más triste de mi trabajo, que parecía que ya no tenían alma, que ya sólo eran palabras que aventaba de mi perturbada cabeza a una hoja de papel. Apague el televisor, ellos qué iban a saber de mi perturbada cabeza.
  Con el mal trago de hace unos momentos, opte por ponerme un mandil y dedicarme a experimentar en la cocina, se me antojaba un postre y quería preparar algo que llevara chocolate y un poco de licor de cacao. Revisé las alacenas y todo estaba dispuesto en la larga mesa donde preparaba todo, encendí el estéreo en una estación donde transmitían algo de Benny Goodman “Oh, lady be good”. Estaba contento y con un baile improvisado empecé a trabajar en el postre, se me ocurrían y antojaban unos pastelillos para comenzar, ya después vería si era conveniente hacer un pastel o una gelatina, tenía toda la noche y aún no sabía cómo continuar la autocritica. Iba y venía en el pegajoso suelo de la cocina, la noche pintaba para ser larga y ahí fue cuando se me vino a la mente el artículo de la revista de cocina, del cual sólo había leído el titulo, hice una pausa en los movimientos de mis pies y fui a por ella para comenzar a leer mientras los pastelillos ya esperaban en el horno. Ya habían pasado otras dos canciones antes de “The world is waiting for the sunrise”, del mismo hombre en la radio y el articulo empezaba de una manera muy interesante:
  Y de postre, un poema…
      Como ya sabemos, varios de los lectores de esta misma revista han esperado una dieta que los haga bajar de peso en un dos por tres, sin complicaciones y sin dejar de comer los alimentos favoritos por más de una década de números publicados por “Recetas de cocina”.
      Así que tomamos unas recomendaciones del autor y escritor de “El tren de las 8:00…” Daniel G. Camargo, que ha mandado varias de sus recetas.
      Y esta es la dieta que les ofrecemos:
        -Ingredientes:
          1.-Cinco minutos disponibles después de cada comida
          2.-Una buena vista
          3.-Buen gusto (ingrediente principal)
        -Preparación:
          1.-Después de cada comida, dedicar un poco de su tiempo para poder abrir una ventana de internet desde su computadora, entrar al blog de Daniel G. Camargo http://lassombrasdelostontos.blogspot.com y estar dispuestos a devolver todo lo que comieron antes.
    Aseguramos que la dieta funciona, yo he bajado de peso leyendo a este intento de escritor, es tan malo que sus textos me hicieron vomitar y así conseguir una figura de envidia. Pero todo beneficio que nos brinda este patético autor tiene sus efectos secundarios que, la mayoría, espero, esté dispuesto a evitar; se pierde la buena visibilidad, disminuye el apetito sexual, te hace más lento en tus reacciones y mata algunas de tus neuronas, también causa disfunción eréctil en los hombres y propicia al suicidio (aún trabajamos en comprobarlo). De verdad son malos sus textos, ¡no los lean! Y eviten cualquier contacto con ellos.
        Aliméntense sanamente, tanto fisiológicamente, como emocional e intelectualmente. Coman frutas y verduras.
Su amado reportero gastronómico Giuseppe Di Bucio.”
  Solté la cuchara de madera que traía en la mano, manchando la revista con viscoso chocolate, del horno salía humo, mis postres se estaban quemando al igual que mi cabeza por el enfado que me ocasionaba aquel ofensivo artículo. Estaba furioso y lo único que podía hacer era escribir, contrarrestar el ataque o al menos suavizar el impacto escribiendo una autocritica que dijera que efectivamente no era buen escritor, pero que tampoco era tan malo, había gente que me leía y eso ya era más que suficiente.
  La música ya no sonaba por alguna razón y los postres no habían sido salvados, la mente me daba vueltas y por fin vino a mí esa inspiración, ya sabía cómo comenzar, desarrollar mis puntos y finalizar.
  A la semana siguiente se leía en los periódicos mí autocritica.
  Tenía que ser verdad, ya lo había escuchado antes y ahora lo leía en una de mis revistas favoritas…”

martes, 15 de marzo de 2011

Quería un hijo...

Con el cielo obscuro y la visión a blanco y negro, como en alguna película vieja, le dan a uno ganas de bailar, bajo una enorme luna llena, cerca del puerto, sin luz más que la de un faro lejano, sin música y sin zapatos siento tu tacto, sostiene mi mano y mi hombro, yo a su vez te tomo de la cintura, siento la calidez de tu piel y te veo directamente a los ojos, no hay palabras, sólo pies que se mueven lentamente a un son inexistente. El tiempo parece no seguir su lineamiento y el cielo no va a clarear, me gusta sentirte cerca y ahora más que caemos despacio, a la duela de la pista, a un espacio que no pertenece a ningún lugar, sin luz, sin música, todo tan cerca de ti.
  Creo que he bebido un poco de más, la fiesta ya había termino hace unas horas y me había metido a la cama aún con el traje puesto, Amara no estaba a mi lado y la luz de la cocina estaba encendida, un ruido extraño seguía un ritmo molesto. Qué pasa, pregunté a la hermosa figura que se encontraba metida en un lindo vestido rojo, sentada a la pequeña mesa de cristal y golpeteándola con sus uñas mal pintadas. Sabes, quiero un hijo, me respondió Amara con toda la tranquilidad del mundo. Ella sabía que a mí no me parecía la idea de tener hijos, no ahora, vivíamos una linda etapa de nuestras vidas, llenas de lujo, de placeres y dichas, como hoy, descansando en una bella casa después de una elegante cena y una fiesta inolvidable. He llamado a mi hermana, quiere saber cuándo iremos a conocer a nuestro sobrino, nació hace dos meses y sólo lo hemos visto por fotografías en una computadora, quiero un hijo José, soltó después de un silencio prolongado. La situación acabaría mal, ya antes habíamos peleado por el mismo tema y todo finalizaría con ella llorando encerrada en el cuarto y yo lejos en algún bar pensando en la posibilidad de tener un hijo ahora. Sabes lo que pienso y ahora no tengo ganas de discutir respondí. Tarde, muy tarde ya había dicho la palabra “discutir”, ahora vendrían sin fin de reclamos.
  Media hora después, seguíamos sentados a la mesa, yo sostenía las manos de mi mujer y ella lloraba ya más tranquila. ¿Qué debería hacer? Lo siento de verdad, no quiero un hijo a estas alturas, decía mientras me incorporaba. Ahora te vas, no quiero que vuelvas a tocarme, grito en un tono seco y lastimado. No me gustaba la idea de tener hijos, pero me gustaba el sexo. De cualquier  forma no importaba, ya hacía más de dos años que le era infiel, acostándome con diferentes mujeres, incluso ayer había dormido con su mejor amiga. Eres un infeliz, piensas que no estoy al tanto de todas tus aventuras, dijo, como desahogándose y soltando un enorme peso que cargaba desde hacía ya tiempo. Sabía lo de las mujeres y quizá sabía lo de su hermana, soltera, con un hijo bastardo y sin que nosotros la visitaremos desde hace ya once meses. ¿Y yo era el infeliz? ¿Qué hacia ella con un hombre como yo? José, dijo con una entrecortada voz, te amo…
  Un silencio se apodero de la escena, yo no quería estar más ahí, quería regresar al sueño, seguir sintiéndola, bailando sin preocupación, sin luz, sin música. Me voy, dije y salí de aquel lugar llevándome las llaves del auto. ¿Qué debería hacer? Por qué Amara no se daba cuenta de la situación, el médico le había dicho que no podía tener hijos y su hermana, que amablemente se presentaba para prestarle el útero para que naciera nuestro hijo dentro de ella se negaba a que la volviéramos a ver, me sentía mal, de verdad amaba a Amara, pero no entendía por qué ahora me dirigía al encuentro con otra extraña mujer de habitación.

lunes, 14 de marzo de 2011

Se me estaba haciendo tarde aún...

El calor es absurdo, la fetidez de los cuerpos lo es aún más. Eran las 7:35 de la mañana y ya se me hacia tarde para llegar al trabajo, con la corbata mal puesta, la camisa desabrochada y el portafolio en la mano izquierda salí presuroso a tomar el autobús que me dejaría en la terminal del metro de la ciudad. Media hora más tarde me encontraba entrando en aquel tren naranja dividido en nueve vagones y dividido también para mujeres y hombres y mujeres. Cruzando las puertas me aventé, literalmente hacia uno de los asientos vacios, siempre era un caos a esa hora del día y tras una lucha con dos enormes señoras, gané uno de los lugares disponibles. El calor era insoportable, cada estación duraba cerca de tres a cuatro minutos y mi traje perdía su línea y su valor comercial a cada instante. Comenzaba a estresarme esta situación, cada vez era más pesado respirar y no me creía de donde salía y podía caber tanta gente. Estaba molesto y a punto de convertirme en un homicida múltiple o al menos eso pensaba que podía pasar de estar encerrado más tiempo. Maldición dije en voz baja y la mujer que venía sentada a mi lado, cerró su libro de Jaime Sabines y respondió a mi maldición –de verdad lo crees, deberías verlo a las dos de la tarde– dijo con divertida ironía. Bueno, al menos tú traes algo en que distraerte, mencioné en un tono algo molesto, –leo poesía y no es para distraerme solamente­– resolvió la mujer a mi lado en forma de reto. Lo que me faltaba, una plática molesta y el tren que se acaba de detener en medio de la estación más larga.
  Pasaron quince minutos y Ana, que así se había presentado la mujer a mi lado, no dejaba de platicarme acerca de varios de los poemas de Sabines que le gustaban, no dejaba de hablar y el tren no avanzaba, ya era demasiado tarde, llegaría impuntual una vez más y para terminar de con mi mala fortuna mi celular no tenia señal para avisar en la oficina. Creo que va para largo, dije interrumpiendo quien sabe qué discurso de Ana, bueno, será más tiempo para conocernos respondió ella, yo hice una sonrisa fingida que quizá ella no se percato de la falsedad de mi mueca, en eso una voz mecánica en las bocinas del tren anunciaba que había ocurrido un fallo en el funcionamiento, que estuviéramos prevenidos, para perder las luces de los vagones y pasar cerca de una o dos horas estimadas, pedía también disculpas y que por favor mantuviéramos la calma hasta que llegase la ayuda técnica. No podía ser, qué había hecho yo para merecer algo así, qué habían hecho los demás. Dos horas, balbuce y Ana muy sonriente me pregunto que cuál era mi autor favorito, no le prestaba mucha atención, sólo pensaba en cómo evitar aquel tedio. Poe, dije respondiendo a su pregunta y continué hablando sin siquiera verla, ya hace mucho que no agarro un libro, no he tenido mucho tiempo que digamos. Todo lo que decía lo hacía con la mirada como buscando algo, una salida, un respiro.
  Al rato, una de las enormes mujeres soltó un espantoso grito que se escucho de extremo a extremo del atrapado tren. Gritaba la señora, eso era preocupante y estresante a la vez, pero todo acabo cuando el semblante se la señora palideció y cayó sobre las demás personas, me alegré de estar sentado por un momento. Un infarto, un infarto era lo que había ocurrido, Ana me sostenía fuertemente del brazo mientras todos en el vagón contemplaban a la mujer tendida en el piso, la gente se había hecho a un lado para dar espacio y a la vez buscaban a alguien que socorriera a la enorme señora, un médico, un estudiante de medicina, pero nada. Los minutos pasaban y el estado de la señora se complicaba, tocábamos en las puertas de los extremos del vagón buscando ayuda en los demás, intentamos abrir una de ellas pero fue en vano. La ayuda no llegaba y la mujer parecía haber muerto, era preocupante y yo sólo pensaba en la fetidez que iba a provocar aquel enorme cuerpo sin vida. Qué hacemos, pregunto una voz en mi oído, era Ana que estaba casi encima de mí, qué le decía, qué le podía responder. Por ahora esperar, dijeron que tardarían de una a dos horas en enviar ayuda y apenas va hora y media, algo en mí sabia que tardarían más en llegar, la situación era extraña ya de por sí y ahora varias personas se agrupaban para salir de ese horno. Al parecer en los diferentes vagones habían tenido ideas similares ya que al forzar las puertas varios integrantes de diferentes grupos ya estaban caminando con cuidado por las vías, ¡cuidado!, gritaban, pisen con cuidado, parecía que la operación tenia cierto progreso y otra calamidad golpeo a nuestra fortuna, un fallo eléctrico, algunas lámparas reventaron y las luces cedieron, gritos colectivos se escucharon al unísono, llenando el ambiente con más tensión y con el aire oliendo a quemado, en el descuido de la falta de luz, varios habían tropezado cayendo a las vías, muriendo electrocutadas. Varias chispas se vieron primero y después una llamarada que consumía algunos de los cuerpos.
  La gente había caído en un temido pánico, no sabía qué hacer y la poca luz, generada al costo de unas cuantas vidas era suficiente para unos minutos de lectura. Le pedí prestado el libro a Ana, tenía que aprovechar el tiempo de alguna forma. Qué haces, pregunto al mismo tiempo que me cedía el libro, no respondí, pensaba mi respuesta antes de ocasionar una mala fachada, pero no tuve tiempo de responder ya que ella tomó la palabra y menciono que tenía razón, que había que guardar la calma. ¿Era tonta o sólo yo era una mejor persona de lo que pensaba? Se acurruco en mi hombro y su brazo comenzó a rodearme por el torso. Me sentía incomodo para leer así que con mi brazo más próximo a ella la abrace y me acomode de tal forma para poder sostener el libro y disponerme a leer.
  Ya eran las 10:24 y no había persona parada en alguno de los vagones, el cuerpo sin vida de la enorme señora seguía tumbado en medio del pasillo y el olor a carne quemada se volvía nauseabundo. Página 17:
  “AHORA PUEDO HACER LLOVER,
enderezar las ramas torcidas,
levantar a los muertos.
Hágase la luz, digo,
y toda la ciudad se ilumina.
¡Qué fácil es ser Dios!”

  Si tan sólo pudiera yo… saldría de aquí en un instante. Qué, pregunto Ana, ¿crees que Dios haya planeado esto?, contestándole. No lo creo, dijo ella. Yo no era aficionado a Dios o como fuera que se llamase a las personas que creen en él, yo creía en las fallas de los hombres, como los del servicio de trenes. La luz comenzaba a desaparecer, en cierta forma esperaba que algún otro valiente grupo avivara las llamas, dándome un poco más de luz para poder continuar con la atrapante y deliciosa lectura. Había olvidado lo que significaba abrir un libro y dedicarle tiempo e interés. Ana parecía ceder al sueño, se veía linda y a media luz denotaba cierta sensualidad, tanto la plática por parte de ella, como el tiempo a su lado había ocasionado algo en mí, cambiando algo, sintiendo algo. Le acaricie suave y delicadamente el rostro, ella levanto la mirada y me sonrió, de verdad que era linda, besé con cuidado su cabeza y ella cerró los ojos manteniendo aun la sonrisa dibujada en sus generosos labios.

  Ya había pasado mucho tiempo, era necesario hacer algo al respecto, tenía que moverme, ayudar a los demás, sacarnos de este desastre. La sangre me hervía, las ganas de vivir y sobrevivir eran más que cualquier otro sentimiento. Comencé a idear alguna forma de escapar de ese infierno, duré cerca de media hora meditando posibilidades y por fin lo tuve, esa era la solución. Algo en mi pecho se movía de forma excitada, me sentía suficiente, con capacidad de todo, los latidos de mi corazón despertaron a la mujer que descansaba sobre mi pecho, ella levantó la cabeza y me miró fijamente por algunos segundos, veía algo diferente en mí, me miraba con desconfianza, la besé de una forma apasionada y le susurré al oído que ya sabía qué hacer. Me levante de mi asiento, pasé con cuidado de no pisar a la pobre mujer del infarto y abrí la puerta a dos manos, yo sólo y con gran fuerza y convicción, las luces regresaron y un tren, en dirección contraria y en paralelo se detenía junto a nosotros, varios hombres nos indicaban que cambiáramos de tren, teniendo cuidado con el pequeño salto, así lo hicimos y nos regresaron enseguida a la última estación que habíamos pasado.

  Con todas las ganas del mundo mire a Ana, parecía otra, ya no estaba interesada en sostener mi brazo, sólo se acerco hasta mí para regalarme el libro, dijo que era un día para el olvido y desapareció en la multitud. Qué hacía yo con todas las ganas del mundo, con la pasión nueva e inaugurada por primera vez y el pensamiento de estar enamorado de aquella mujer con la que compartí esta excitante aventura. Nada, volví a pensar las cosas con cuidado, recobrando mi antiguo pensamiento, el pensamiento que era mío y me hacía ser yo, ¿cuándo había cambiado mi personalidad de introvertida a extrovertida?, y ¿cuándo había sido que el mundo cambió de interesante a aburrido? (con esto me refería a la excitante situación del tren detenido y de todo lo que pasaba dentro de los vagones y que de pronto cambio al aburrido rescate). Qué hacía yo pensando algo así, volví a ser yo en ese instante, molesto por ir sumamente retrasado tire el libro de Sabines al suelo sin importarme y sin darme cuenta se abrió en la primera página, donde había una nota: “Se que somos unos extraños, pero te dejo mi número para seguir en contacto, creo que me he enamorado y espero volverte a ver; 532138523 te espero. Ana…”. Volteé por un segundo al libro, recordaba que me había agradado uno de los poemas y al ver que estaba rayado con una letra diferente en la primera hoja, desistí del poco interés que me quedaba, que más importaba, ¡Dios!,se me estaba haciendo tarde aún.